La agonía y muerte del periódico
Julio 2, 2009
El concepto mismo ha sido superado por el lector contemporáneo. Los cierres de edición de los periódicos ya no tienen implicación alguna para él porque las noticias fluyen en la red tal como van saliendo, desde todas partes del mundo, recogidas en fuentes a miles de kilómetros y con diferentes usos horarios. En la red no hay cierres editoriales, aquí cualquier periodicidad es ajena. La noticia ha dejado de serlo antes de llegar a la página impresa, lo noticioso se cuece en al ámbito de la red.
El periódico como medio siempre fue un objeto ecléctico en el peor sentido, donde se reúne todo tipo de información en el afán de que a cada quien le interese algo, y el usuario paga por el todo para consumir el algo. Nadie lee el periódico completo como se hace con un libro, ni siquiera la sección de deportes, algunos simplemente no nos atraen. Pero era lo que había, el empaque posible, como mismo nos acostumbramos en la preehistoria a escuchar LPs de doce canciones, y si nos gustaba Satisfaction y Angie y Paint it Black de los Rolling teníamos que dispararnos el disco completo hasta que los berridos de Mick Jagger nos reventaran la mollera y el ánimo. Después vino el CD, al que sí le podías meter mano y fue un alivio, y más tarde el torrente de todas las mezclas en empaques tan flexibles como lo puede ser un ipod, donde sólo tiene que estar lo que uno elige, y punto. Y lo mismo está ocurriendo con todo, ya se ha dicho, la era digital es, entre otras cosas, la del consumidor que elige.
Énfasis aquí: no es el periodismo lo que se está muriendo, es esa institución llamada periódico o diario y su modelo de negocios. El periodismo está más saludable que nunca, tiene cada vez más medios y formas de difusión aunque el panorama ahora se vea un poco... difuso.
¿Otras publicaciones periódicas, las revistas, por ejemplo, perecerán también con la llegada de este meteorito que ha sido revolución digital? Cuando menos, saldrán profundamente transformadas, quizá en un plazo más largo, pero ahí el debate puede ser amplio, porque la revista no es esencialmente noticiosa, no es su razón de ser. Su desaparición, en todo caso, va a ser más lenta e incluso algunas publicaciones periódicas tradicionales podrían salir fortalecidas. Se verán surgir otras periodicidades. El semanario podría cobrar una vigencia renovada.
No es el periodismo lo que está muriendo, es el modelo de negocios del periódico, como diario sobre todo. Y hay que estar ciego para no verlo, o hacerse el ciego. Un artículo aparecido en El País hace unos meses suponía que anunciar la muerte de la prensa escrita era un acto de especulación más, parte de la confusión de momento, y que no había forma de saber si en el futuro leer los diarios llegaría estar otra vez de moda. Tratar la revolución digital como una moda es crear un hombre de paja, wishful thinking, trasnochada nostalgia y, sobre todo, no querer ver por las razones que sean.
Muchos inmigrantes digitales hemos dejado de leer el periódico impreso de manera regular y las razones para ello serían muchas. En mi caso ni siquiera fue una postura o un acto consciente, así se fue dando, en la medida en que encontré formas más accesibles, dinámicas y flexibles de acceder a la información e incluso de contrastarla. Me pregunto cómo se puede suponer que dentro de veinte años alguien quiera leer un periódico como lo concebimos hoy, cuando ya no existan siquiere inmigrantes digitales y la mayoría de los adultos sean, de hecho, nativos digitales. Es como cruzar el Atlántico en una carabela en la era de la aviación supersónica. A menos que las circunstancias nos obliguen a ello, o lo hagamos por motivos recreacionales o de investigación (en que el viaje en sí mismo es lo que importa), se trata de una ocurrencia.
La condena a muerte del periódico impreso es un hecho, es la prolongación de su agonía lo que depende de muchos factores. Uno de ellos, de suma importancia, es la publicidad, columna vertebral del negocio aunque algún lector inocente crea lo contrario. Internet sigue teniendo una incidencia baja, aunque a la alza, en el mercado de la publicidad, pero eso es sólo cuestión de tiempo. Quienes compran espacios publicitarios desconfían aún de un medio o soporte donde es más difícil imponer la publicidad, al menos por el momento, porque el usuario es mucho más libre de elegir lo que consume y tiene una disposición natural a hacerlo. No es un usuario pasivo… [continuará]
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Fábula del león y las hienas (más piratería)
Junio 24, 2009
El león caza un antílope y se sienta a devorarlo. Llegan las hienas y le piden: comparte, bróder. Yo lo cacé, dice el León, cacen ustedes el suyo. Pero las hienas están hambrientas y los antílopes corren como endemoniados. Vuelven con el León: danos algo, so cabrón, es un antílope grande, alcanza para todos. Nanais, dice el León, yo lo cacé y es mío, muevan el culo y pónganse a cazar o se quedan como Pánfilo, sin jama, y sigue dándole diente a su antílope. Las hienas dan vueltas alrededor del cazador y su presa y hacen chistes tipo Whoopi Goldberg a cuenta del Rey León, pero están furiosas. Al León no le gusta su risa, pero tampoco les tiene miedo. Por el contrario, toma un hueso ya roído y se los tira, arranca tiras de carne de los flancos del antílope y juega con ellas antes de engullirlas. Las hienas están hambrientas pero no pueden hacer nada frente al poderoso rey de la selva, sólo esperar. Discuten. Unas proponen salir a cazar hasta encontrar algo, hacer un mayor esfuerzo, pero otras dicen: la presa está aquí, sólo es cuestión de tiempo, no se lo va a zampar todo. Dos hienas enamoradas deciden irse a cazar por su cuenta, si no hay antílopes habrá ratas, pero de hambre no nos morimos, dicen, nos gusta cazar y ser libres. Las otras hienas se ríen en su cara: ustedes lo que quieren es coger por la libre, y las dejan ir. Y siguen a la espera.
El León insiste: comeré hasta que me reviente, hijas de su puta madre, trabajen coño. Pero las hienas parecen tener tanta paciencia como el león fuerza. Así trabajamos, dicen entre risas, entre ellas. Y están cada ves más hambrientas y furiosas pero, hienas al fin, siguen riendo y esperando. El León ahora ha comido tanto que apenas puede moverse, así que las hienas empiezan a acercarse a lo que queda del antílope y al gran cazador adormilado. El león quiere echarse ya la siesta pero no puede así, rodeado de hienas. Ruge de vez en cuando y suelta algún zarpazo al aire para ahuyentarlas. Al final se duerme y las hienas arrastran los restos del antílope y se despachan, pero son muchas y el león, que no comparte, se comió tres cuartas partes. Y las hienas se han quedado hambrientas y furiosas y dan vueltas, y el león está que no puede moverse.
Cannes (Francia). (Agencias).- Mientras la industria del disco se lleva las manos a la cabeza ante las pérdidas que supone la existencia de la piratería organizada, el cantante británico Robbie Williams afirmó en Cannes, antes de actuar en la gala de los Premios NRJ (antesala del MIDEM), que descargarse música a través de la Red le parece algo “genial” que él mismo practica. Además, aseguró que el problema del pirateo no le afecta en absoluto: “Mis discos se han vendido estupendamente, así que los copie quien quiera copiarlos”, declaró un intérprete que ha vendido 5 millones de copias de su último álbum y 28 millones de originales en toda su carrera.
Eso lo dijo Robbie Williams en 2003. En esa misma nota dice esto una representante de la industria: Si no se detiene la piratería “las compañías discográficas tendrán menos dinero para buscar nuevos artistas y promocionarlos, y los consumidores encontrarán una oferta empobrecida”. ¿Quien suena más realista, incluso más honesto? Algunos me dicen: ¿y a ti te gustaría que piratearan tus novelas? Bueno, esa es la pregunta más inocente que pudiera escuchar, pero me abre el espacio para dejar aquí mi amoral perspectiva del asunto, sobre todo porque hay amigos entre quienes me cuestionan. No puedo decir que me gustaría, pero de lo que sí estoy seguro es de esto: que pirateen una obra es la constatación última de un éxito fenomenal, sobre todo tratándose de una ficción literaria. Y si eso llegara a suceder, yo mismo me encargaría de armar el gran escándalo contra los piratas para promocionarme y asegurarme de que más gente se enterara de que la tal novela existe. Es tan simple como esto: nadie va a piratear la obra de un perfecto desconocido (me pueden plagiar, que es otra cosa) que no ha escrito nada de reveladores manuscritos medievales ni da consejos de autosuperación, ni recetas de cocina erótica. La piratería llega tras un éxito tal de ventas (ya sea real o asumido), que alienta a otros a sacarle jugo todavía a cual sea el producto. Si el libro no tiene éxito comercial, menos lo va a tener el pirata y él lo sabe. En el muy remoto caso de que eso llegara a ocurrir estaría bien poder decir lo mismo que Robbie Williams y no hacer como el león.
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Oxitocina; la droga del amor en pequeñas dosis
Enero 23, 2009
Una dosis de Google (para que no te la tomes en serio)
Elena de Troya era adicta. Pruebas realizadas la semana pasada en los restos exhumados de Elena de Troya revelaron que la mujer tenía altas dosis de oxitocina en la sangre al momento de su fallecimiento, lo que refuerza la tesis de que la heroína trágica de La Iliada era una adicta al amor y arroja nueva luz sobre el rastro de hombres y muerte que dejó a su paso, primeríssima femme fatale.
Sentimientos más duraderos. Al contrario de lo que se suele pensar los sentimientos no se generan en el corazón, sino en el cerebro. Con la oxitocina se fortalecen sentimientos más duraderos y estables de amor, y de compromiso tanto entre la pareja como en el estrecho vínculo que surge entre la madre y el bebé.
La sustancia que usaba Cupido. The History Channel. En un estudio de laboratorio, se descubrió la presencia de oxitocina en puntas de flechas usadas en la antigua Grecia que pudieron ser de Cupido. Entre las muestras analizadas destaca el dardo que terminó por matar a Aquiles, a pesar de que la herida fue en el talón. Los niveles de oxitocina presentes en el fragmento analizado serían suficientes para matar de amor a un caballo, lo cuál genera nuevas dudas sobre las intenciones del enamoradizo Paris al tratar de flechar a Aquiles.
De ratones y hombres, por John Steinbeck. Un estudio subraya los paralelismos entre ratones y hombres en lo que respecta al proceso de información social y refuerza la noción de que la oxitocina juega un papel clave”, afirma Larry Young, experto en oxitocina de la Emory University, en Atlanta (EE UU), quien no ha participado en la investigación. “Esto tiene implicaciones importantes para desórdenes tales como el autismo, donde el procesamiento de información social está claramente dañado”. Y explica el babeo de los amantes.
Obamanía y oxitocina. Un análisis de 3,000 personas que estuvieron presentes en la toma de posesión del presidente norteamericano, arrojó que en 97 % de los casos los participantes liberaron altas dosis de oxitocina al paso de la pareja presidencial en el desfile y poco menos de la mitad, 1,487 tuvieron orgasmos repentinos, y en algunos casos, incluso múltiples.
Una dosis de ficción.
El tipo está en el bar, solo, triste y aburrido y saca su vial, doble, porque además está sin trabajo por la crisis y deprimido y tiene que salir de esto de una vez. Y lo echa en su último y único vodka. Y a la media hora vibra de amor por la mesera a quien, aún sobrio, le ha echado el ojo. Se le para delante y empieza a cantarle como un desaforado: “Yo, te amo con la fuerza de los mares, yo, te amo con el ímpetu del viento yo, te amo en la distancia y en el tiempo, yo…” y así sigue. Y la mujer lo mira con cara de ¿Y este qué se tomó? Pues, gracias al artículo de Larry Young en Nature ya tenemos la respuesta: oxitocina.
Una dosis de realidad
Éramos un grupo de profesionales cubanos desperdigados por el mundo que mi paso por Madrid, y la coincidencia y las ganas de vernos ayudaron a reunir en una fiesta. En algunos casos hacía hasta más de veinte años que no nos veíamos. Todos los presentes habíamos vivido una experiencia común que yo recogí en el artículo Olvidar Sandino publicado en España en la revista Encuentro. Mi texto era muy crítico y hubo comentarios a favor y en contra. Y nos quedamos ahí, en aquellos años. Y hablamos de viejos amigos y salió a colación esta pareja que yo conocí muy bien entonces, y de algún modo se mantuvieron en mi órbita después, cada quien por su lado, porque su relación no trascendió esa etapa.
Alguien dijo: “Es que ella sigue enamorada de él”. Yo me quedé perplejo pensando en aquello. Me fascinaba la idea de que en la vida real alguien pudiera seguir después de tanto tiempo enganchado en un amor adolescente. Él la dejó atrás, hicieron su vida, cada cual tomó su rumbo. Tuvieron hijos con sus respectivas parejas, y más parejas, vivieron, en fin, sus vidas como adultos.
Hace dos años viajé a Cuba, surgió el tema de nuevo, entre otros amigos de aquellos tiempos. Ella estaba entre los invitados. Me bastaron unos tragos compartidos y unos minutos de conversación para constatarlo. El rostro de la mujer de más de cuarenta años se transformaba en el de aquella adolescente cuando mencionaba su nombre. Su amor estaba intacto. Y aún ante la evidencia, incrédulo yo, me costaba creerlo.
Válgame el lugar común, pero si como dicen que dijo Pascal Galileo Alguien: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”, la oxitocina tampoco es suficiente para explicar qué es el amor, de dónde surge, y cómo se sostiene.
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De la piratería… mejor no digas nada
Marzo 23, 2009
Si alguien quiere saber cuánto afecta la piratería a Cinemex, Cinépolis et al, nada más tiene que hacer una pequeña búsqueda en Internet por “nuevas salas de cine” o algo así y verá qué pobres están los muchachos. Por eso, ahora, cada vez que vamos al cine, tenemos que tragarnos la historieta del “papá pidata”, sobre todo porque con la crisis ya no hay tantos anuncios de coches y artículos de lujo.
Considero más inmoral hacer una propaganda de ese tipo y meterse con la familia mexicana por consumir películas piratas cuando una entrada al cine en México es igual a un salario mínimo y un tercio de los mexicanos vive con menos de eso. Además, es no entender que la piratería llegó para quedarse por una sencilla razón: donde hay una demanda, habrá una oferta. Hasta Milton Friedman reconocería que la piratería es una forma más de autorregulación del mercado y si el otro Friedman no la incluye como uno de los “aplanadores” en su libro La Tierra es plana sobre la nueva economía de la era digital es porque evita meterse en esos terrenos, pero aún así se puede leer entre líneas.
Lo que sí dice Thomas Friedman, y es lo que no parece entender CANACINE, es que el mundo de hoy, de códigos compartidos y la colaboración entre iguales, está generando una nueva sociedad y que las compañías que luchan contra fenómenos como la piratería pierden su tiempo y su dinero porque para las nuevas generaciones incluso el concepto es obsoleto. Quien conozca algo de la cultura digital sabe muy bien que hoy prácticamente todos los individuos usan software pirata, y de un modo u otro consumimos productos pirata, incluso sin pagar nada, y que casi nadie está exento.
Y no se trata sólo de las salas de cine, que a pesar de la piratería están teniendo un crecimiento exponencial en México y hacia Centroamérica, yo no he oído aún del cierre masivo de Mixups, de Sanborns, o para el caso de ningún estudio de cine, y mucho menos de productoras y casas de música, los dueños del pastel, nunca dispuesto a compartirlo, y menos con los zarrapastrosos y los muertos de hambre. Lo que sí he visto es como han tenido que bajar los precios de muchos de esos artículos pirateables, poner etiquetas rojas por todos lados y lo más pronto posible. Lo que sí he visto, en fin, es autorregulación del mercado y cómo se van al traste ciertas prácticas monopólicas que, por las buenas, nunca han dejado de existir por estos lares.
Es inmoral pagarle a nuestros políticos las bestiales cantidades que se les paga para su desgobierno, sus campañas multimillonarias y su total desinterés por el arte y la cultura, y para el caso, por el cine nacional, pero a CANACINE se le hace más fácil meterse con los piratas y con quienes consumen productos pirata. Es una desvergüenza que quienes venden palomitas a un precio apenas inferior al salario mínimo traten de desmoralizar a quienes no tienen al cine siquiera como opción. ¿O es que el mensaje es más selectivo y va dirigido sólo a la clase media y a ese cinco por ciento de mexicanos que acumula el 73% del la riqueza del país? Supongo; cabe aquí la máxima del Patriarca garciamarquiano de que el día que a la mierda le pongan precio los pobres nacen sin culo. No, no cuentan.
No voy a justificar la piratería o mi propio consumo, ni me interesa, sólo reafirmar que una sociedad con tales desigualdades como la mexicana es precisamente el mejor caldo de cultivo para que florezca este fenómeno. Y por supuesto, lo único que está cambiando es la manera en que la gente consume, las opciones, pero ni se va a morir el cine, ni la música ni ninguna de las artes que merezcan tal nombre, sino todo lo contrario. Sony Music no puede contar con su fetiche culón de Mariah Carey para que le genere cantidades estratosféricas de dinero, porque la gente no va a comprar sus cds con aquellos precios (nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos) y la gordita tendrá que volver a los escenarios y cantar donde la vean, sin photoshop. Ya la hizo Radiohead cuando decidió subir In Rainbows directo a la red para que cada quien pagara lo que quisiera por su álbum o fueran a verlos en vivo.
¿Quiénes pierden con todo esto de la piratería? Los intermediarios, los que han chupado durante siglos del talento de los demás. Cada vez van a ser más quienes crean por sus propios medios y menos los que viven de ellos. La maquinaria parásita que ha mantenido el comercio de las artes es lo que se está muriendo. O reinventándose. Piensen en Napster y en Itunes. Piensen, los de CANACINE, en cómo puede hacer que más gente vaya a sus salas, en darle una oportunidad a quienes no pueden con sus precios y dejen ya de joder más a los ya jodidos.
Como escritor y lector me resulta doloroso entender lo lejos que están los libros de los mexicanos. Ver cómo aumenta año con año su precio y hasta para quienes no tenemos las mayores carencias se hace más difícil comprarlos. Una amiga contestó a mi primer post sobre este asunto con la broma de que mis novelas estaban en venta en un changarro pirata por cinco pesos. Ya quisiera yo, digo, tendría muchas lecturas, y lectores, y dejaría de comprar mi propia obra en amazon.com. Porque para mis editores ya no son negocio, o nunca lo fueron.
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Chidoguan y Selecciones (Mi personaje inolvidable)
Febrero 26, 2009
Dirigí la revista Selecciones unos años. Algunos en mi ámbito se preguntaban qué hacía alguien como yo en la vetusta y conservadora Reader’s Digest. Hacía lo que podía (además de ganarme la vida), y le cambié algunas cosas. Pero también aprendí mucho y trabajé con un equipo de gente muy profesional. Es verdad que Selecciones es un vejestorio de revista (ahora moribundo), pero más sabe el diablo por viejo.
En mi afán incansable por airear la publicación y por lo menos disimular el rancio olor a cadáver en descomposición, publicábamos anualmente una edición ESPECIAL DE HUMOR que introducía, en la medida de lo posible, chistes de otra naturaleza y también más actuales y era un verdadero “éxito de ventas”. Mi interés por hacer algo diferente en ese sentido me llevó hasta Plaqueta, una bloguera que es ya una institución en México, quien a su vez me conectó con otros jóvenes blogueros, entre ellos Chidoguan.
Al final, no encontré en la blogosfera mucho que me sirviera de material para Selecciones, entre otras cosas porque la mayoría de estos blogs de jóvenes, que funcionan más como una red social, se caen por sí solos cuando los sacas de su ámbito, además de que su desparpajo es todo lo opuesto al tipo de humor habitual en Selecciones, y la misma Plaqueta, a quien invité a escribir una columna en la revista, no fue exactamente un éxito a pesar de ser, en su estilo, mejor escritora que muchos profesionales de los medios impresos. Pero a lo que iba, Chidoguan. Le pedí un texto para el número especial de humor. Reproduzco aquí un breve fragmento de lo que me envió.
“Hola. Cambiando radicalmente de tema, escribir en “Selecciones” ha sido un sueño que he tenido desde siempre. O al menos desde ayer (que fue cuando me enteré de la existencia de esta revista). Me decepcionó un poco darme cuenta que “Selecciones” no trata sobre las selecciones de fútbol de todo el mundo, como su nombre tan engañosamente sugiere, sino de temas de interés para personas de ciento treinta años en adelante (espero no les importe que escriba “ciento treinta” en lugar de “130”, pero me pagan por palabra). Y aunque sea un cliché, parece que fue ayer (porque, como ya dije, fue ayer) cuando al terminar de leer el ejemplar en cuestión, exclamé: “Como Dios es mi testigo, juro que no descansaré hasta escribir en Selecciones… O hasta que me canse de intentar escribir en Selecciones, lo que pase primero”, ante la mirada atónita de los demás dolientes que sí estaban poniendo atención a la misa y no leyendo revistas, como yo.
Una vez que terminó el funeral, me dispuse a escribir material para enviarlo a la redacción de Selecciones. Decidí escribir algo en la línea de algunas de mis secciones favoritas de la revista, para apostarle a lo seguro. Helo aquí:
Héroes entre nosotros:
El pequeño Timmy cayó a un pozo de tres metros de profundidad. Su padre, Johnny, no descansó durante siete días, trabajando día y noche hasta que por fin pudo rescatar a su pequeño hijo. Una vez que lo tuvo en sus brazos, le dijo: “Los de Selecciones cambiaron sus estándares de calidad y ahora sólo van a comprar historias sobre niños que caen a pozos de diez metros de profundidad en adelante. Eres una vergüenza para ésta familia. ¿Por qué no puedes ser más como el hijo de los Thompsons?” El pequeño Timmy permaneció unos segundos en silencio y finalmente contestó: “Pues si quizás cavaras hoyos más profundos yo tendría mejor material para trabajar.” Y fue así como despegó la carrera de uno de los niños que cayó a más pozos en la historia de Selecciones, logrando aparecer en cuarenta y siete números consecutivos y rompiendo record tras record en cuanto a la cantidad y a la profundidad de los pozos a los que cayó.
Citas Citables:
“Los ojos son las ventanas del alma. Los lentes oscuros son los mosquiteros de las ventanas del alma para que el alma pueda verle las nalgas a otras almas de forma discreta” (Alcohólico Anónimo).
Por mucho que yo quisiera hacer mover el esqueleto a la vieja Selecciones, y por más que me hizo reír le irreverencia del texto (que sigue a lo largo de varias secciones fijas de la revista), yo sabía que me podía costar el puesto publicar algo así. Mi propia irreverencia (sin el humor) me iba a sacar eventualmente de Selecciones, pero todo debía ser a su tiempo, no me tocaba aún, así que le pedí a Chidoguan una nueva colaboración, publicable. Acababan de estrenar en México La escafandra y la mariposa. He aquí parte de la reseña de Chidoguan:
“Hace poco vi una película sobre un tipo que se queda totalmente paralizado y que sólo se puede comunicar parpadeando. A pesar del tema, la película no es nada aburrida (o al menos la parte que vi antes de quedarme dormido) y es una fiel adaptación de una historia real (excepto por las partes que cambiaron e inventaron). Sin embargo, sentí al protagonista un poco tieso y poco expresivo en su interpretación de un hombre completamente paralizado y en algunos momentos sentí como que la historia no se movía. Pero, bueno, la película sirvió para hacerme reflexionar sobre qué podemos hacer para ayudar a las personas que se encuentran en una situación así. Es por eso que propongo una guía universal de comunicación vía parpadeos, para que la gente que se quede en tan terrible condición tenga un lenguaje ya más elaborado y pueda llevar una vida más o menos normal. Ahí les va una breve selección de algunas de las frases esenciales para la vida diaria, adaptadas a la situación de los octoplégicos (decidí bautizarlos así porque están el doble de paralizados que los cuadriplégicos) y traducidas a mi nuevo lenguaje de parpadeos.
Quienes quieran leer este “glosario para octoplégicos” completo tendrán que visitar su blog, que no tiene desperdicio. A diferencia de la mayoría de los blogueros de su generación, poseídos de una necesidad compulsiva de escribir posts día tras día para comunicarse entre ellos y mantener su base de fans, Chidoguan escribe poco, pero cada post escrito suyo es una verdadera delicia. Y como nunca pude publicarle nada en Selecciones, y lo considero uno de los humoristas más originales que haya leído en mucho tiempo, saldo una deuda y le rindo homenaje al colocarlo como el primer ENLACE EXTERNO (ver a la derecha) que aparezca en mi blog. Ojalá y sirva para que encuentre muchos más fieles lectores.
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Invitación al baile (de Brevísimas historias de amor o algo parecido)
Mayo 8, 2009
La vi bailar, antes no estuvo en mi horizonte; tenía un cuerpo pequeño y contundente, pero no era alguien en quien detener la mirada. No hasta verla bailar. En esos días, el País de Donde Vengo, en lo adelante La Isla, orgullosa de sus propios ritmos, de su pelvis autóctona y sus gráciles nalgas (como el Kilimandjaro) se dejaba penetrar por el Merengue, un primo pobre.
No bailé con ella porque habría hecho el ridículo, pero ella bailó para mí. Alguien me lo hizo saber: todo ese revuelo de caderas es por ti. No me gustaba su cara, con una boca informe, infame. Pero con el baile negociaba la ilusión de sus caderas, la convocatoria de su leve cintura, la promesa de que se olvidaría el no trazo de sus labios. La donna è mobile, me dije reflexivo. O sea, se menea.
No siempre será así, supongo, que la vitrina del baile cumpla lo que exhibe. Pero puede darse lo contrario: que la danza sea sólo un tímido reflejo de lo que puede hacer una pelvis inspirada, empalada, cuando el baile deja lugar a la cabalgata, cuando un cuerpo pequeño y ágil como el de la Merenguera decide hacer de las suyas. Podíamos estar horas, días, y no importaba si en la radio local había un bolero, o el lamentable lamento de un trío, ella discurría siempre a esa velocidad de vértigo.
Un día nos caímos de la cama, y seguimos en el piso, de algún modo terminamos debajo de la cama, en una posición extravagante, donde el único movimiento posible era ése y, como si su cintura tuviera vida autónoma, no dejó de moverse hasta que salimos del otro lado y volvimos a subirnos a la cama. Apenas recuerdo su cara, o su boca, por más que trate de imaginarla, pero es difícil olvidar tal recorrido.
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Oxitocina II; con [o sin] fecha de caducidad
Amor por siempre
Hace unos años leí o me contaron que unos trabajadores, mientras dragaban el río Rhin, hallaron entre los sedimentos del fondo un antiguo anillo de compromiso, probablemente de la época romana, con una frase inscrita en su parte interior: “Te amo, recuerda que te amo”.
El efímero dedo que llevó ese anillo fue devuelto al tiempo, quizá incluso la prenda pudo ser lanzada al lecho del río en vida de su dueña, o dueño, pero el amor sobrevivió a los amantes.
Ese anillo es a la existencia del amor lo que los restos fósiles son a la existencia de los dinosaurios. La diferencia quizá estriba en que ya nadie se cuestiona que cientos de especies de dinosaurios poblaron la Tierra, mientras que la existencia del amor de la pareja, como un sentimiento que une emocional y físicamente a dos seres humanos de forma perdurable, parece ser cada vez más cuestionado.
A principios de los años noventa la revista Newsweek publicó una serie de artículos con la portada La química del amor, sobre los cambios físico-químicos que ocurren en el cerebro cuando una persona se enamora. Se trataba de demostrar que estos cambios y el comportamiento humano asociado con ellos duraban aproximadamente entre tres y cuatro años y que la “necesidad de romance”, o sea, el enamorarse, era un evento de orden neurofisiológico. Algo quedaba subrayado: el amor no es para toda la vida, aunque tal sea la pretensión del matrimonio.
Pero aunque el amor pasional tuviera un lustro de vida como promedio, ¿eso le restaría fuerza y presencia como ideal de belleza y fuente de felicidad para los humanos? Yo creo que, al contrario, a todos nos estaría quitando un peso de encima: entender la finitud del amor es desear vivirlo con más intensidad. Nos empujaría a entregarnos más a él mientras dure; y aceptar de antemano que no es para siempre haría que doliera menos cuando se va.
Hay que entender de una vez el estigma que le impuso el matrimonio al amor al condenarlo a cadena perpetua… y con esposas. Y esposos.
Este sentimiento tiene otras formas de perdurar, como lo ilustra esta fábula del escritor inglés H. G Wells: un joven príncipe cae postrado de dolor tras la muerte de su amada; después de semanas sin salir de su postración, llama a sus súbditos y anuncia que hará construir un sarcófago digno de su amor. Luego construye un pabellón donde colocar el sarcófago y más tarde nuevos pabellones a su alrededor, torres, minaretes, e interiores con los más finos acabados. Su única obsesión es ver crecer el gran mausoleo. Pasan años. Un día despierta con el sentimiento de que hay algo que desentona en el conjunto y afea su obra de arte. Se detiene ante el sarcófago y ordena a sus súbditos: “Quiten esa cosa de ahí.”
Subrayo “esa cosa”. Dos interpretaciones igualmente interesantes se desprenden de esta parábola. 1) Una obra de arte puede llegar a prescindir de aquello que la motivó; 2) El amor es capaz de crear obras humanas que perviven en el tiempo mucho más allá de quienes lo vivieron. Quizá a aquellos amantes de orillas del Rhin no les fue bien como pareja, ni siquiera cumplieron su lustro pasional, uno murió, se lo llevó la guerra o la peste o el alcoholismo, pero a mí me regala toda la ternura ese anillo y la constatación cifrada en el metal y el tiempo: “Te amo, recuerda que te amo”. Ante esa evidencia se desmorona cualquier teoría. Lo que muere son los amantes, el amor existirá por siempre.
Por respeto a mis lectores comento que este texto no fue originalmente un post y ha sido publicado en varias revistas. Entre ellas, creo recordar, Dia Siete y Visible
Una historia de amor que se ensancha en el tiempo (de Brevísimas historias de amor o algo parecido)
Abril 24, 2009
Mochila al hombro, hacíamos caminatas de hasta noventa kilómetros a lo largo y ancho de la Isla. Allí empezó todo, en un descanso en plena Sierra. Ella llevaba una blusa de algodón fino amarrada a la cintura y sus senos se revelaban bajo la tela. Se rebelaban a la tersura de un cuerpo de insólita esbeltez, palpitaban, se movían con un ligerísimo temblor con cada gesto suyo. Le dije que quería verlos. Y ella me los mostró, más adelante. Todo a su tiempo. Siempre fue una relación clandestina, yo me había esposado ya a otra relación, tan temprano en mi vida. Sólo un par de amigos supo de nosotros entonces, y su Hermana Gorda. Era un amor perfecto, si los hay. Nunca nos exigimos nada, nada perturbaba nuestras vida furtiva. Todo era placentero en cada encuentro. Hacíamos el amor, sosteníamos largas conversaciones y descansábamos uno del otro en plácidos silencios. Entonces yo me fui de la Isla solo con mis recuerdos. No nos dijimos adiós ni nos prometimos nada. Pero cuando regresé, tres años después, volvimos a vernos, como siempre, a escondidas y como si no hubiese pasado un solo día desde la última vez. Retomamos la historia donde se hubiera interrumpido. Y pasó el tiempo, y pasó… La última vez que estuvimos juntos, siempre arropados en nuestra soledad insular, caminamos un buen rato junto al mar, pero en esa ocasión, por primera vez, no hicimos el amor, ni buscamos con mayor afán aquel lugar donde escondernos. Ella estaba atada ahora de pies y manos a una relación, buscaba un hijo y yo andaba de paso, sin mucho tiempo para nadie. Luego de la breve caminata nos fuimos a un restaurante y yo froté sus pies hinchados. Y hablamos del milagro de que aún estuviéramos así después de tantos años. Y más porque para entonces yo me había convertido en persona non grata para el gobierno de la Isla y ella trabajaba en las altas esferas de ese gobierno, lo cual hacía nuestra relación aún más clandestina. Y pasan cinco años más sin que nos veamos, pero sin que perdamos contacto. Me envía unas imágenes en las que reconozco a su Hermana Gorda, pero no, es ella. Le agradezco el envío de sus fotos AMPLIADAS y esa noche sueño con la otra, la de entonces, sus senos, su delgadez de veintidós años. Estamos en una de aquellas largas caminatas, en nuestra inagotable conversación de entonces, de siempre. Y luego hay una imagen de todo el grupo, caminando cuesta arriba en fila india, bañados de luz de luna, mochilas repletas de ron y de risas y cualquier cosa de comer. Y nosotros al final de la fila, junto al grupo, pero fuera de él, nos tocamos, susurramos, para que los demás no sepan, no vean.
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Último verano (a orillas del Potomac)(de Brevísimas historias de amor o algo parecido)
Abril 13, 2009
Ella se sienta junto a mí en un restaurante japonés, Washington D.C. De regreso a mi hotel caminamos en grupo por Dupont Circle, siempre juntos. Desde ese primer encuentro me llega su cercanía, intensa, nos aísla del resto. Nos despedimos en la puerta del hotel; ya en el avión de regreso al País Donde Vivo vuelve nuestro andar en la noche helada de Washington, su gabardina negra, los reflejos cobrizos de su pelo. Me acechan, revolotean en mi mente, se van conmigo. Nos escribimos; nos amamos con inusitado ardor en la lejanía. Luego, en su apartamento, en Arlington, Virginia. Para nuestra suerte habrá nuevos viajes cada mes; de día trabajamos juntos sin que los demás de la Compañía sepan o se den por enterado de lo que nos traemos entre manos, entre labios, entre cuerpos. Y las clandestinas noches son nuestras, en su cálido refugio contra el pavoroso invierno de 1998 en la capital del Imperio, en bares y restaurantes en Adams Morgan o en Georgetown que nos arrojan a las tres de la mañana de regreso a casa. Y la luz del día nos disocia una vez que cruzamos el Potomac; el trabajo se interpone y el afán de no ser descubiertos. Pasa un año, vuelve el invierno, y el furor no mengua. Las heladas nos encierran hasta dos días en nuestro escondite. “It's a blizzard, it's blizzard!”, grita, aplaude con fascinación de colegial ante la perspectiva de cuarenta y ocho horas encerrados por la nieve, envueltos en nosotros mismos, entrelazados, acurrucados uno contra el otro, encima, abajo, de lado, hasta el agotamiento. En los descansos, escuchamos música y bebemos Jack Daniels y hablamos de nosotros, siempre de nosotros. Y hacemos planes.
Y llega la primavera, y el último día del verano nos sorprende en el restaurante Sequioa, en la siempre festiva dársena. Ha pasado un año y medio desde la primera noche. Bebemos en silencio ahora y alabamos la comida, y la calidez del día y la luz del sol rebrillando sobre el espejo de agua del Potomac, y los yates que van llegando, y los veleros. Ahora hablamos de todo menos de nosotros. Hasta que se hace el silencio. Entonces ella toma el teléfono y empieza a llamar a sus amigas, “It's the last day of summer!”, anuncia entusiasmada, “It's the last day of summer!”. Y las invita a reunirse con nosotros a despedir el verano. Y sus amigas empiezan a llegar como los barcos, me saludan cómplices: por fin conocemos al amante secreto, se mueven a mi alrededor cuchichean, ríen. Todas son muy jóvenes, doradas y bien hechas, w.a.s.p Ivy leaguers, mujeres de ensueño, sueños de mujer. Y vienen más, y sus voces y sus risas llenan el último día del verano que se extiende y muere sobre el Potomac.
Yo las escucho, cada vez más distantes, en su mundo, les sonrío, pero he dejado de estar aquí. Ahora sólo pienso en el regreso a casa, a mis propios amigos y amigas allá en el País Donde Vivo, en otras mujeres, en el festejo que preparamos por mis cuarenta años. Mi propia despedida acaso del último verano.
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Respuesta a Guillermo Osorno, sobre Gatopardo
Abril 13, 2009
Hola, Guillermo, supongo que bastaría con responder a tu comentario al post anterior, pero creo que el asunto amerita un seguimiento. Ante todo, me parece un gesto muy profesional de tu parte salir al paso al momento a un aparente ataque a la revista que diriges. Y digo aparente porque, aunque Gatopardo haya sido el blanco, el objetivo está ubicado más allá. Reitero lo que digo en el post sobre la calidad del texto de Yoanis. Mencionar que no era un reportaje tiene la intención de acentuar la carencia quizá en un contexto mayor. En un momento en que los contenidos editoriales en revistas están en crisis, en que impera el refrito y el copiar-y-pegar hasta de la Wikipedia, una revista como Gatopardo parecería ser uno de los últimos refugios del periodismo narrativo, y a tal exigencia me remito en mi post. Exigencia no solicitada, ya lo sé, pero es una opinión.
Quizá la manera de sobrevivir que tendrán las revistas en la era digital sea retomar el periodismo narrativo y de investigación como único factor de diferenciación del medio en sí, no importa cual sea su perfil, he visto reportajes excelentes en Cosmopolitan (la francesa, desafortunadamente), volver tras los pasos del texto de autor y el quehacer arduo del editor, pero lo que estamos viendo, en términos generales, es lo contrario. Y hago aquí un alto para incluir otros comentarios respecto al post anterior. La mención de más de uno en el sentido de que Gatopardo contiene cada vez más publicidad (aunque en el número de febrero, por el mes supongo, no hay mucha) es una percepción que estoy seguro tiene que ver más con una presencia a la baja de buenos contenidos editoriales que con una avalancha de anuncios, o que se han sacrificado aquellos para dar espacio a estos. Cualquier lector de revistas sabe que el medio vive de la publicidad y no de la venta de ejemplares, pero también, que un aumento del contenido publicitario implica por fuerza un aumento en la cantidad y calidad de los contenidos editoriales para mantener el equilibrio. Lo que está sucediendo –y no puedo asegurar que sea el caso de Gatopardo– es que se está generando un circulo vicioso, una espiral negativa según la cual los contenidos editoriales son prescindibles. La fórmula para generar ingresos, los que sean, es recortar el presupuesto editorial (haya crisis o no), lo que genera contenidos cada vez más pobres y hace más visible la publicidad y notorio para el lector que la revista “ya no es lo que era”, y reitero que no me refiero aquí específicamente a Gatopardo, prácticamente todas las revistas con años en el mercado son cada vez peores, además de la dosis extra de banalidad y estupidez que le aporta al ámbito mexicano la presencia dominante de Editorial Televisa, que contribuye aún más a esta espiral descendente. Y es que Editorial Televisa apenas necesita justificar sus contenidos editoriales ante los anunciantes dada la posición de fuerza desde la que negocia, llámese Plan Santa Fe o plan francés o como se llame ahora, pero a la larga sus contenidos basura permean al ámbito y fuerzan a otras publicaciones y grupos a pelearse el espacio en los términos del competidor mayor (vean si no a Quo). Y el público, aunque no lo crean, nota la caída, mientras por otra parte la plataforma digital genera más y más adeptos y le roba audiencia cada día.
Para no hacer demasiado largo este mensaje, digo: el ser humano ha contado, escuchado y leído historias desde que tiene conciencia de sí como especie, necesita se contado para saber que cuenta, contar para ser tenido en cuenta, y sólo contar buenas historias salvará a las publicaciones periódicas en la era digital. A medida que se sumen nuevas generaciones de nativos digitales, esas historias y modos de contar serán acaso lo único que distinga a las revistas. Y el autor y el editor o gestor de contenidos editoriales –con muchas más herramientas– serán el “uniqueness” que las distinga como medio y entre sí.
Gatopardo estaría en una posición de privilegio en ese sentido, siempre y cuando sepan capitalizar esa visión y no se dejen arrastrar más por la tendencia general después de haber luchado durante tanto tiempo, con más o menos convicción o éxito, por marcar una diferencia. Lo otro es que hagan un mejor uso del “drive to web/web to print” de forma tal que la página de internet interactúe todo el tiempo con la revista y ambas con los lectores. Un cordial saludo, Andrés Jorge.
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El tamaño sí importa
Abril 7, 2009
Nos escapábamos dos veces por semana a un motel en la carretera. A la hora del almuerzo, cuando hay menos tráfico. Pronto se convirtió en un acto rutinario, no por ello menos placentero. Prolongábamos todo lo que podíamos el primero y único, luego pedíamos algo de comer y unas cervezas y nos dormíamos un rato. A veces hablábamos. Las trivialidades de siempre. De nuestras respectivas parejas, por ejemplo. Tenía la piel muy blanca y delicada, casi transparente, que se enrojecía con facilidad, y el pelo con tonos rojizos. Atractiva pero no bella; inteligente pero no culta. Un día como cualquiera, y sin afán de lucro, hablamos de por qué hacíamos esto, no teníamos ninguna necesidad de ello, era algo… gratuito. Y por lo que pagábamos además. Llegamos a una gran conclusión: por el gusto de hacerlo. Pero después, cuando ya ni siquiera remolíamos los porqués, me contó que su marido la tenía demasiado grande para ella, la lastimaba y lo sabía, y a él también se le irritaba. Muchas veces habían terminado por interrumpirlo porque no aguantaban el dolor. Él se masturbaba. Ella no. Se les había hecho difícil, lo intentaban cada vez menos y ya ni siquiera hablaban de ello. O de trivialidades. Se amaban aún, pero estaban frustrados y no sabían qué hacer al respecto.
Gatopardo ¿dónde están los reportajes?
Abril 7, 2009
En los años de Selecciones recibí una carta furibunda de un lector urgiéndonos a aprender de la revista Gatopardo y sus grandes reportajes. Nunca le respondí, pero me dejó la curiosidad. Dentro del concierto de malas revistas que se ven en todos los puestos de periódicos en México, los títulos de portada de Gatopardo a simple vista la diferencian del resto. Selecciones, por su parte, ya lo he dicho, es una revista con fórmulas gastadas, pero también una verdadera institución cuando se trata de contar historias, y más allá de la bobería heroica y la moralina, su escritura es generalmente impecable.
He leído el número 98, febrero 2009, de Gatopardo. Además de los espacios perdidos de siempre, como el mensaje EDITORIAL-resumen-del-contenido-del-número, y las cartas de los lectores con sus apenas disimulados guayabazos, lo que más me llama la atención es la casi nula presencia de reportajes bien escritos. En el artículo Dioses peregrinos hay un amago de periodismo narrativo ⎯quizá aún más desperdiciado por la falta de un editor⎯ que se cae por su propio peso, o falta de éste. Como casi siempre, se dice mucho, pero se muestra poco. Por una parte, confirma lo que ya sabemos, que sin buen reporteo, no hay reportaje; por la otra, sus laxos postulados flotan en el limbo de lo especulativo sin que nada parezca tener un sustento más allá de lo que la autora quiere decirnos.
Todo lo contrario, Copa Cannabis, una crónica con ínfulas de reportaje, se queda a medio camino entre ambos géneros; largo hasta el tedio, narra hasta las incidencias más banales de un encuentro clandestino de amantes de la mariguana. No hay investigación de fondo, es texto sin contexto, falta la necesaria aproximación del autor al tema antes de embarcarse en su misión de reportero, o sea, salir al campo a cubrir una nota que habría dado para mucho más. Y, de nuevo, la falta de visión de un editor que que le saque todo el jugo a la historia para que no termine siendo una crónica olvidable, pacheca y humo.
Destacable, aunque no aporte nada nuevo, es el artículo de Yoanis Sánchez, pero tampoco estamos aquí ante periodismo narrativo. Se trata de un texto de análisis, de reflexiones más o menos contundentes, honestas, y afiladas y una imprecisión ⎯siempre de los editores⎯, en un llamado; porque dudo mucho que Yoanis haya usado el término ‘gringo’, que nadie usa en Cuba, en lugar de ‘yankis’. Y hasta ahí llegamos. Hay una entrevista de Clint Eastwood (que no está mal) y un perfil de Youssou N’Dour (otra vez sin la mano de un editor) y otras tantas páginas dilapidadas, entre ellas, al final, un anuncio tamaño carta de unos premios obtenidos por Gatopardo en México, Colombia y Latinoamérica y una invitación a una muy árida página de Internet.
Tendré que esforzarme más, Gatopardo ha llegado a su número 100 y no cualquier revista logra tal hazaña, no con tales contenidos. Habrá otros números, y en ellos seguramente encontraré los anunciados grandes reportajes. Escritores hay, y de cualquiera de los artículos mencionados se podría lograr mucho más, lo que me parece una carencia esencial en esta edición, como en la mayoría de las revistas de nuestro ámbito, son editores, que trabajen con los autores y sus textos, que sepan lo que quieren (y que puedan escribir o editar ellos mismos) y transmitan y exijan esa visión y esa habilidad a sus colaboradores y a todo su equipo.
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